Durante años hemos escuchado el mismo consejo: “Si quieres tener un buen futuro profesional, estudia una carrera tecnológica”. Y tenía todo el sentido.
La digitalización convirtió a los programadores, ingenieros de software, especialistas en datos y perfiles tecnológicos en algunos de los profesionales más demandados del mercado.
Pero la llegada de la inteligencia artificial está empezando a cambiar las reglas del juego.
Hay un dato que me parece especialmente llamativo: en Estados Unidos, en 2024, la tasa de desempleo entre personas graduadas en Filosofía se situó alrededor del 5,1%, mientras que entre los graduados en Informática fue aproximadamente del 7%. Evidentemente, esto no significa que estudiar Filosofía tenga más salidas profesionales que estudiar Informática. Sería una conclusión demasiado simplista. Pero sí plantea una pregunta interesante: ¿qué habilidades van a tener realmente más valor cuando la IA sea capaz de hacer cada vez más cosas que antes requerían conocimientos técnicos especializados?
Durante décadas hemos premiado el conocimiento técnico. Un programador necesitaba saber programar, un analista saber analizar datos, un diseñador dominar determinadas herramientas y un redactor saber escribir. Hoy la IA puede escribir código, analizar información, generar imágenes, redactar textos, traducir, crear presentaciones o resumir documentos en cuestión de segundos. Y cada vez lo hará mejor. Entonces aparece una cuestión fundamental: si la máquina puede ejecutar cada vez mejor, ¿qué valor tendrá la persona que sabe decidir qué merece la pena ejecutar?
Aquí es donde empiezan a cobrar importancia habilidades que quizá durante mucho tiempo consideramos secundarias: pensamiento crítico, capacidad de análisis, creatividad, comunicación, ética, comprensión del comportamiento humano y, sobre todo, criterio. Porque una de las grandes diferencias entre utilizar la IA de forma mediocre y utilizarla realmente bien no está necesariamente en conocer más tecnología, sino en saber qué preguntar, qué contexto aportar y cómo evaluar la respuesta.
Dos personas pueden utilizar exactamente el mismo modelo de inteligencia artificial y obtener resultados completamente diferentes. Una puede pedir “hazme una estrategia de marketing” y aceptar el resultado. Otra puede explicar el problema de negocio, el público objetivo, las restricciones, los objetivos, los recursos disponibles, los competidores y los resultados que quiere conseguir. La herramienta es la misma. El resultado no. La diferencia está en el criterio.
Y esto explica también por qué resulta interesante que algunas compañías tecnológicas estén incorporando perfiles procedentes de disciplinas como la filosofía para trabajar en cuestiones relacionadas con el razonamiento, la ética y el comportamiento de los sistemas de IA. Hace unos años habría parecido extraño que una empresa tecnológica considerase que un filósofo podía aportar valor a un proyecto de inteligencia artificial. Hoy empieza a tener bastante sentido.
Creo que estamos haciendo demasiado énfasis en preguntarnos qué profesiones va a destruir la IA y demasiado poco en preguntarnos qué capacidades humanas van a ser más valiosas cuando la IA esté presente en prácticamente todas las profesiones. Probablemente no desaparezcan profesiones completas de un día para otro. Lo que sí desaparecerán o se automatizarán serán muchas de las tareas que hoy forman parte de ellas.
Y ahí estará una de las grandes diferencias entre profesionales. Cuando cualquiera pueda generar 100 ideas en cinco minutos, la ventaja estará en saber cuál de esas 100 merece la pena desarrollar. Cuando cualquiera pueda generar una presentación en segundos, el valor estará en tener algo relevante que contar. Cuando cualquiera pueda escribir un texto perfecto, el valor estará en tener una opinión propia. Cuando cualquiera pueda generar código, el valor estará en saber qué producto construir. Y cuando cualquiera pueda obtener respuestas, el valor estará en saber qué preguntas hacer.
Por eso creo que el futuro no será necesariamente de los técnicos frente a los humanistas, ni de los que saben programar frente a los que saben comunicar. Será de quienes sean capaces de combinar ambos mundos: personas que entiendan la tecnología pero también el negocio; que conozcan los datos pero también al cliente; que sepan utilizar la IA pero tengan criterio para cuestionarla; que puedan analizar, pero también decidir.
La gran paradoja de la inteligencia artificial es que, cuanto más inteligentes hacemos nuestras herramientas, más importante puede resultar desarrollar aquello que no podemos delegar completamente en ellas: criterio, pensamiento crítico, creatividad, contexto y capacidad de decisión.
Quizá dentro de unos años la pregunta más importante en una entrevista de trabajo ya no sea simplemente “¿qué sabes hacer?“, sino “¿qué sabes hacer que la IA no pueda hacer por ti?”
Y probablemente la respuesta no tenga tanto que ver con una herramienta concreta como con nuestra capacidad para pensar, decidir y aportar algo que realmente tenga valor.